Tres rivales en el camino, una pared con Telasco Segovia y un zurdazo abajo para dejar a New England sin respuesta. Messi volvió a hacerlo en el minuto 83 en la pasada jornada de MLS, cuando el partido todavía pedía un dueño. Y yo volví a preguntarme de dónde salen tantas ganas de comerse el siguiente partido después de haber devorado al mundo. Lleva 55 goles en sus últimas dos temporadas regulares de MLS y llega a este Decision Day con 26 en la bolsa, a las puertas de convertirse en el primero en conquistar dos Botines de Oro consecutivos en la era moderna de nuestra liga. Lo hemos visto marcar de todas las formas, y aun así consigue que el próximo gol nos atrape como si fuera el primero. Con él, hasta los récords parecen tener los días contados. Pero ahí sigue Leo, jugando como si todavía tuviera mucho por demostrar.
El próximo gol siempre tiene algo que romper
Cincuenta y cinco goles después, seguimos cayendo en la misma trampa: creer que para Messi es fácil. Como si bastara con ponerse la camiseta rosa de Inter Miami, acomodarse la pelota y cobrar. Pero cada gol exige ganarle un metro al defensor, encontrar un hueco donde parece no haberlo y acertar cuando todos saben de dónde viene el peligro. A mí me impresiona esa insistencia. Después de tantos festejos, sigue yendo por el siguiente.
Y ese siguiente puede hacer ruido en los libros de MLS. Solo Josef Martínez ha marcado más en dos temporadas regulares consecutivas: 58 goles entre 2018 y 2019. Messi está a tres de alcanzarlo. Si firma un doblete en Decision Day, además, sería el primero en encadenar dos campañas de al menos 28 tantos. Todavía hay terreno sin pisar. Y Leo vuelve a tenerlo al alcance de su zurda.
Petar Musa mantiene abierta la carrera por el Botín de Oro: suma 22 goles, cuatro menos que el argentino. La ventaja acerca a Messi al premio, pero todavía queda un último capítulo por develar el sábado. Después de los 29 tantos con los que lo conquistó en 2025, podría sumarse a un grupo que solo tiene cinco integrantes en la historia que reconoce la liga:
- Preki: 1997 y 2003.
- Taylor Twellman: 2002 y 2005.
- Jeff Cunningham: 2006 y 2009.
- Chris Wondolowski: 2010 y 2012.
- Bradley Wright-Phillips: 2014 y 2016.
Los libros guardan una diferencia: hasta 2004, el Scoring Champion se decidía por puntos de goles y asistencias. Desde 2005, el Golden Boot premia al máximo goleador. En esa era, nadie ha conseguido llevárselo dos temporadas seguidas. Messi podría ser el primero. Otra puerta por abrir para alguien que parece haberlas cruzado todas.
Ahí también se juega su legado en MLS. Me gusta pensar que un día aparecerá otro goleador desatado y tendremos que volver a estas temporadas para medir lo que está haciendo. Buscar los números de Messi. Recordar sus goles. Hoy podemos verlo construir esa referencia en tiempo real. Si conquista el premio, dejará un desafío plantado frente al arco: para repetir semejante hazaña, alguien tendrá que seguir sus pasos.
Otra cima, el mismo hambre
Hay futbolistas a los que una temporada como goleador les cambia la carrera. Messi las encadenó hasta volverlas costumbre: ocho Pichichis, seis Botas de Oro europeas y seis veces máximo artillero de la Champions. Yo estaba en la otra vereda. Disfrutaba de ponerme mi camiseta blanca, y verlo recibir cerca del área era sentir que alguien acababa de encender la mecha. Lo respetaba tanto como lo temía. Sabía de lo que era capaz y aun así terminaba pensando: “No puede ser. Otra vez”. La admiración tenía que esperar a que se me pasara el disgusto. Primero tocaba sufrirlo.
Entonces llegó Miami y me cambió el lugar desde donde miraba. Por fin podía verlo encarar sin rogar que la pelota se le fuera larga. Disfrutar el control, la pausa, esa fracción de segundo en la que el defensor cree haber cerrado la puerta y Messi ya encontró por dónde entrar. La zurda seguía siendo un peligro. Yo había dejado de vivirla como una amenaza. Algo de ese giro me recuerda a Casemiro: tantos años intentando cortarle el camino y Miami les ofreció la posibilidad de construir una complicidad. A mí me permitió disfrutar de un fútbol que durante años había admirado con los dientes apretados.
Por eso sus goles de hoy me pegan distinto. Sé cuánto pesan sus conquistas europeas: muchas veces me tocó verlas desde el lado que se quedaba buscando explicaciones. Ahora puedo detenerme en ese apetito de gol, en cómo vuelve a buscar el arco después de haberlo encontrado cientos de veces.
Pero aparece otra trampa: decir “otro gol de Messi” y pasar de largo. Como si ese “otro” no hubiera exigido dejar a un defensor atrás, encontrar un rincón imposible o rescatar un partido. Nos acostumbró tanto que a veces una genialidad apenas nos alcanza para asentir: sí, Messi otra vez.
Esta carrera por el Botín de Oro también me hace revisar cómo lo miro. Lleva tantos récords encima que el próximo corre el riesgo de parecernos parte del paisaje. A mí, que tantas veces deseé que fallara, hoy me inquieta estar mirando y perdérmelo igual. Y este 2026 nos dio una razón poderosa para prestar más atención.
El año del adiós también puede ser el de otro Botín
El reloj corría y Argentina se quedaba sin Mundial. Egipto tenía la ventaja; Messi cargaba con un penal fallado. Entonces llegó el minuto 83: zurdazo dentro del área, pelota adentro y un país que recuperaba el aire. Era el 2-2 de una remontada que Enzo Fernández completaría en el descuento. A mí esa escena me atrapa por lo que hubo antes del grito: el error, la urgencia y la decisión de volver a buscar el arco cuando otro fallo podía acercar el final.
Fue uno de sus ocho goles en su último Mundial. Después vendrían la final y sus últimas apariciones con Argentina. En unos meses, nos tocó pasar de esperar otro rescate suyo a despedirlo de una camiseta que parecía su segunda piel. Por eso, cuando miro sus 26 goles con Inter Miami, veo también un año que le exigió las piernas y le sacudió las emociones. Un calendario que lo llevó de perseguir otra Copa del Mundo a pelear, otra vez, por ser el goleador de MLS.
Ahí cobraría un valor especial otro Botín de Oro. Conquistarlo en 2026 sería sostener el pulso goleador después de atravesar la exigencia mundialista, el regreso a la liga y el cierre de su historia con la selección. Mientras nosotros aprendíamos a hablar de su último partido con Argentina, él seguía acumulando goles para que en Miami habláramos del siguiente récord.
Eso es lo que me conmueve de esta posibilidad. Todavía intento asimilar que ya vimos su último gol con la albiceleste y, sin embargo, puedo encender la pantalla para esperar otro con la camiseta rosa. Si llega el Botín, quedará ligado a esa emoción: en el año en que una parte de su historia nos obligó a decir adiós, Messi todavía podría llevarnos a celebrar algo inédito en MLS.
Sabemos cómo termina, pero igual queremos verlo
La pelota ya entró. El arquero ya la fue a buscar. Y nosotros seguimos ahí, esperando la repetición. Queremos descubrir por dónde pasó ese remate, cuándo se abrió el hueco, cómo consiguió que una defensa entera llegara tarde. Messi lleva años haciéndonos volver unos segundos atrás. A veces, una sola repetición tampoco alcanza.
Como periodista, intento desarmar la jugada: el control que prepara el golpe, la pausa que deja al defensor vendido, ese pedacito de arco que parece existir únicamente para él. Como hincha, se me escapa una sonrisa antes de encontrar la explicación. Y me encanta que todavía pueda pasarme. Que después de tantos partidos y tantos goles, Leo consiga dejarme unos segundos sin más análisis que un "qué locura".
Por eso, si conquista otro Botín de Oro, pensaré en todas las escenas que caben dentro de esa cifra. El gol que rompió un partido cerrado. El que rescató una noche que se escapaba. El que nos hizo agarrar el teléfono para preguntar: "¿Viste lo que acaba de hacer Messi?". La tabla suma uno. Nosotros queremos volver a verlo.
La carrera todavía debe resolverse. Pero Messi ya consiguió algo que me sigue pareciendo extraordinario: después de tantos años marcando, su próximo gol todavía nos convoca. No sé de dónde saca tantas ganas ni cuántas noches más podremos disfrutarlo. Sí sé que, mientras él siga encontrando un motivo para buscar el arco, yo seguiré encontrando uno para quedarme mirando.
Y quizás ahí empiece otra conversación: si conquista otro Botín de Oro, ¿qué pesaría más en su legado en MLS: las marcas que dejaría para los próximos goleadores o los momentos que nos hizo vivir mientras las construía?



